A lo largo de su trayectoria
Manuel Alcántara ha obtenido numerosos premios de periodismo.
En esta sección podéis consultar los artículos ganadores de
los premios más relevantes.
Índice.:
Pablo VI, en Harlem
Federico Muelas
Tono
Cansinos, vuelve a Sevilla
Pablo VI, en Harlem
Publicado el 5 de Octubre de 1965 "YA"
El "Pájaro del Alba" sumergió las imágenes en el vertical estanque de los televisores y vimos Nueva York y su huésped desde el cuarto de estar. Antes de las tres de la tarde, un Douglas DC-8 llegó al aeropuerto John F. Kennedy. Una mano incansable — la mano derecha de un hombre de sesenta y ocho años — se estableció en el aire neoyorquino. Arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha del viento de la "ciudad mecánica" de Paúl Morand, en trayectos cortos, una mano regalaba cruces invisibles. Cruces hechas sólo de atmósfera. (Antes, desde el avión, el dueño de esa mano había saludado continentes.)
Problema blanco en Harlem: una sotana alba. Problema de amor. Hablen otros de la significación y la trascendencia del viaje, de su aportación a la paz del mundo. Dejadme a mí esa mano ocupando el aire de Harlem, entre aclamaciones satinadas, por encima de la calle 100. Dejadme la sotana blanca entre el golpeado betún de los "ghettos" negros, y allá, por Little Spain, donde los puertorriqueños perpetúan la fabla de los conquistadores. Veintiséis mil policías estaban atentos, pero uno repara más en la sonrisa televisada de los inquilinos de Harlem, patria de Joe Louis y de infinitos "puncheurs" de color, tarima del "jazz". El relámpago blanco de muchas sonrisas discriminadas correspondía a la mano derecha del visitante, que paseaba por Harlem como Pedro — "Tu es Petrus" — por su casa. Entre futuros campeones del peso "welter" y ases de la trompeta dorada. Por encima de la calle 100.
Una fuerza desarmada, blanca de paces intemporales, se ha detenido durante unas horas en la ciudad azacanada y babélica. Manhattan Transfer: Versos targos, salmodiantes y paganos de Walt Whitman. Junto a las piedras jóvenes del Empire, la piedra — "Tu es Petrus" — angular de la cristiandad,
Conversación con Johnson. Una "jerarquía inerme" y el Presidente de los Estados Unidos. De un lado, el tejano que juró su cargo en el aire, el rector de la primera potencia mundial. De otro, el lombardo que influye en los corazones.
— El mundo espera y busca la paz, necesita la paz, pide paz...
Hablen otros de la trascendencia histórica, del alcance de la conversación, entre el sustituto de aquel joven, armado de sonrisa y valor, que se llamó Kennedy y el sucesor de aquel anciano
bonancible que fue Juan XXIII. Dejadme a mi
¿cómo no se le cansaba la mano? — las bendiciones en el barrio negro, sobre la calle 100 y sobre los colores, de las humanas epidermis.
Un Pontífice itinerante ha pasado unas horas en Nueva York. Por todos los caminos se vuelve a Roma. El "Pájaro del Alba" nos metió en el ventanuco de los televisores su imagen, y la de los negros con esperanza, y la del Presidente Johnson. Un hombre de sesenta y ocho años ha ido en un Douglás DC-8 para hablar de paz y mover la mano derecha en el aire encañonado entre rascacielos. El mundo tiene muchos problemas y hace preguntas. El da el cayado por respuesta.
Manuel Alcántara
VOLVER índice
Federico Muelas
Publicado el 26 de Noviembre de 1974 "ARRIBA"
Se ha ido un intérprete, uno de esos pocos hombres que tratan de explicar esto. Era una especie de Quijote de entre semana, entendido en potingues y endecasílabos; tenía algo de padre prior y de benigno conde Drácula, cortés y dicaz, amigo de conjuros y amigo de amigos. Pudo ser muy bien el cuarto Rey Mago, el octavo sabio de Grecia, el decimotercer apóstol del Greco. Fue Federico Muelas. Apenas eso.
Pesan, entre otras, dos circunstancias penosas para los que andamos metidos en periódicos: escribirlos aprisa, leerlos tarde. El domingo, sobre las tres, supe que había tenido un derrame cerebral. Llamé a Conrado Blanco y nos fuimos al Clínico. «No hay nada que hacer», nos dijeron... Pero hay que hacer un artículo, un poema, una lágrima, un esfuerzo por recordar. ¿Quién puede meter, así, de pronto, a un amigo de veinticinco años en folio y medio? Además, él creía en la curación por la palabra y fue hombre de muchas palabras, un cicerone de todo, un lazarillo de sí mismo que hablaba y hablaba. Alguna vez le dije que, así como hay escritores que son conversadores por escrito, él era una especie de escritor oral. Con su aire de erudito tagalo, de penúltimo Premio Nobel de Física, Federico Muelas le reintegra a su Cuenca el terrón prestado. Era ya como un árbol ribereño, como una esquirla de cualquiera de sus piedras insurgentes, y sus ojos se habían entrenado mucho para cerrarse definitivamente.
Un inimaginable Federico Muelas silencioso me espera no se sabe dónde. ¿Cuántos viajes, cuántos versos, cuántas sobremesas — Federico se sentaba a la mesa sólo por la sobremesa —, cuántos ratos en su habitación a oscuras? Cuando llegaba algún amigo al hocino él izaba una bandera blanca con el escudo familiar, una bandera come un trocito de estero entre los riscos, sobre el azul de metileno de los cielos altos de Cuenca. Y hablaba, hablaba. Cuando parecía que lo había dicho todo alzaba sus manos abaciales:
— En resumen...
La síntesis era siempre más larga que la tesis. Y Federico pasaba de la litología al urbanismo, de Fausto el escultor, a los anónimos Damianes, Lozanos, Carablancas y Teresillos de manos encallecidas que le pusieron muros al aire de Cuenca mientras se ganaban el pan. A veces, muy pocas veces, se le adivinaban las heridas. La espasmódica vida nacional le maltrató en los últimos tiempos, y los que ignoran que un villancico suyo va a durar más que sus jubilaciones le dejaron un poco sin sitio. Cuando él hablaba de eso su voz dejaba en el aire como una mancha ferruginosa. Pero no es así como quiero recordarle. Yo quiero al Federico mágico, al que tenía un vidrio verde hecho con agua concreta del Júcar. Un vidrio domo una insignia de menta. Yo quiero al Federico mágico, que proponía, de pronto, hacerle un monumento a la viuda del Soldado Desconocido o el que aconsejó, por escrito, a un terco polemista que se pintara los cuernos con purpurina. Yo quiero recordar al Federico que dibujaba Vírgenes y estrellas sin levantar el rotulador del papel y al que era capaz de decir en una reunión de cuatro amigos:
—Señores, brindemos por mí.
Brindo por Federico con mi lágrima urgente y mi copa. Lo peor que pasa con los muertos es que se siguen muriendo. Y lo vamos a echar de menos.
Manuel Alcántara
VOLVER índice
Tono
Publicado el 5 de Enero de 1978 "ARRIBA"
Me parece que fue en Peñíscola, donde él se escapaba últimamente. Alguien le dijo:
—Usted es de fuera, ¿verdad?
—Sí.
—Yo también - añadió aquel señor.
— Entonces somos paisanos — respondió Tono.
Es verdad que Tono era de fuera, del ignorado país de los hombres buenos, de un planeta apacible y burlón. Aquel señor que quería pegar la hebra con cualquiera notó que Tono era un ser de otro sitio que por alguna razón piadosa decidió pasar una larga temporada con nosotros y ayudarnos.
Teníamos un proyecto de fabada clandestina, con la circunstancia agravante de nocturnidad. Iba a venir con nosotros Mariano Tudela y no se lo pensábamos decir ni a Cloti ni a nadie. Es fácil comprender que con propósitos así no pueda hacer yo un artículo necrológico. Además, me pasan más cosas. Escribir es llorar, que decía el otro, pero yo lo estoy haciendo al mismo tiempo y os juro que es una lata. Cada cosa a su hora. Se ven las palabras emborronadas, como a través de un cristal esmerilado y hay que quitarse estas ridículas gafas que me he comprado para leer. Por otra parte a Tono no hay que hacerle una elegía. En todo caso a los que nos quedamos sin él.
Va a ser imposible, a mí por lo menos no me va a dar tiempo, encontrar un hombre así. Tono nos mejoraba con su existencia. Era algo absolutamente confortador verle fumar o desplegar una servilleta o reírse y achicar los ojos llenos de chispitas invulnerables a la edad. Era el tío Antonio que hemos soñado siempre, benigno y lúcido, sin nervios y sin hiel, entre cachivaches y sucesos, inventando cosas que eran absolutamente imprescindibles, pero no se sabía para qué. Tono lo pasaba muy bien estando. Le sacaba partido a todo y no deseaba nada especial, ni presumía, ni tenía prisa nunca. A Tono no le sacaban de quicio ni siquiera los políticos más esplendorosos, ni esos tipos engreídos que le saludaban mucho en los cócteles y que él saludaba también sin tener una idea clara de quiénes eran. Creo que Tono ha sido una forma de ser y resulta empequeñecedor hablar del humorista o del dibujante Tono era la máxima cantidad de persona que admite un ser humano, el hombre más real que nos haya sido dado a conocer en este barullo. Habría que definirlo por negaciones: todo lo contrario de un pelmazo, lo más distante de la pedantería, la criatura del mundo más alejada de un orador o de un sabelotodo o de un literato profesional.
Si Tono escribía o dibujaba era porque se le ocurrían cosas. Fueron primero las ocurrencias y no al revés. Una vez que escribió eso de «el tiempo, que no es ningún niño», le dije yo que era un verso como de César Vallejo para arriba. Me decía que no, que había empezado a escribir muy tarde, que él no era eso que se llama un escritor ni nada parecido. Yo le llevaba la contraría, pero daba igual. A Tono no le gustaba discutir. Ramón Gómez de la Sema le hizo justicia y dijo que fue Tono el que trajo las gallinas, el más personal ideador de todos los que abrieron la brecha del humor nuevo. Cuando yo le hablaba de aquel artículo del mago me decía: sí, lo leí. Nada más. Luego quedábamos para vernos, dentro de esta misma semana. Siempre dentro de la misma semana. Y como lo pasaba muy bien regalando cosas me traía un encendedor rarísimo o una maquinilla de afeitar. Quédatela, me decía, antes de que la convierta en ventilador.
Creo que Tono se me va a seguir muriendo siempre, hasta el final. Quiero decir que lo peor no es que se haya ido ayer, a las cuatro y pico, sino que lo voy a echar de menos para los restos. El está con Mihura y con Charlot, pero nosotros estamos sin Tono. Pienso en Azcona, en Mingote, que se ha quedado huérfano otra vez y pienso en los que diremos un día «yo fui amigo de Tono, sí, hombre, mucho». Me consuela algo pensar que no fue deficitario de sonrisas, ni de sobremesas, ni de otras cosas. Vivió siendo un caso excepcional de normalidad y nos enseñó que humor y amor vienen a ser la misma cosa. Tono ha sido una criatura afortunada. Por eso no hay que hacer elegías. A Tono le hemos querido mucho y vamos a seguir queriéndole. A él le gustaba la vida y a la vida le gustaba él. Lo que no le perdono es que no pueda quedar, en firme, para vernos. Dentro de esta misma semana.
Manuel Alcántara
VOLVER índice
Cansinos, vuelve a Sevilla
Publicado el 27 de Junio de 2009 "DIARIO SUR"
PUDO ser intérprete en Babel. Entre otros dones, tenía el don de lenguas y hablaba y escribía todos los idiomas conocidos, incluso los que sólo conocía él. El azar, o el destino, o el carácter, vaya usted a saber, hizo que viviera gran parte de su recatada y generosa vida, fuera de su Sevilla, pero el hábito no hace al monje y Cansinos Assens tuvo el hábito de escribir todos los días, de espaldas o quizá de perfil a eso que llaman éxito. Así que se convirtió en un monje tibetano de la literatura que vivía cerca del viaducto madrileño.
Tuvo que ser Borges el que lo proclama ser su maestro. Ahí es nada: tener un discípulo confeso que llega a ser el Homero de la Pampa. Rafael Cansinos fue poeta, novelista, ensayista y traductor. Las historias que Schahrasad la persa le contó en su armoniosa lengua al neurótico rey Schahriar jamás han sido trasvasadas al castellano en un vaso más limpio. Es como si don Rafael hubiera estado allí desde la víspera de la noche mil. «Se han descubierto las fuentes del Nilo, pero aún están sin descubrir las fuentes de las Mil y una noches», dice. Cansinos nos dejó al morir un archivo de más de 40.000 documentos. Sevilla, siempre presente en su magna obra, los acogerá en el convento de Santa Clara. Sevilla no abandona a sus hijos, quizá porque sus hijos, vivan donde vivan, no pueden abandonar a Sevilla.
En 'La novela de un literato', que es el más importante catálogo de personajes que poblaron una época de la vida española, habla Cansinos de «el divino fracaso». Confiesa, sin ninguna clase de petulancia, que jamás pensó que la literatura fuera una cosa práctica, ni un medio de vida. «No hay olvido», dijo su paisano Luis Cernuda. Visitar su fundación, entre manuscritos, proclamas ultraístas, imaginería religiosa y dedicatorias, será como visitar un monasterio. Aunque el monje esté ausente.
Manuel Alcántara
VOLVER índice