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  • UN ARTÍCULO EN LA MEMORIA

    El mono aritmético | DIARIO SUR 24 octubre 1998

    UN equipo de científicos de la Universidad de Columbia ha demostrado por primera vez que los monos pueden contar. Al parecer, sólo pueden hacerlo del uno hasta el nueve, pero así empezaron don Mariano Conde y don Javier de la Rosa y ya ven ustedes cómo han terminado. Sonríe complacido el buen Charles Darwin desde sus celestes laboratorios y desde las etiquetas de Anís del Mono. Por poco lo linchan cuando expuso su teoría de la evolución, que hoy admite incluso la Santa Madre Iglesia, aunque sigan resistiéndose algunos párrocos.

    Si los simios tienen los que los científicos llaman «habilidades numéricas» se acercan bastante al hombre, o sea, al mono desnudo. Quiere decirse que entre Chita y Bertrand Rusell hay diferencias de grado, pero no de esencia. Quizá algún día, cuando los macacos cultiven sus naturales aptitudes, puedan llegar a relacionar un concepto aritmético con su relación simbólica. Lo importante del descubrimiento es que prueba que los primates pueden pensar sin necesidad de un lenguaje propio ni de instrucciones verbales, al igual que les ocurre a algunos subsecretarios.

    Mucho antes de que visitara el Parque Kruger, allá en Sudáfrica, me di cuenta de que los mono poseen inteligencia, aunque esa inteligencia no le dé el nombre exacto de las cosas. Fue en un pequeño jardín malagueño, popularmente conocido como ‘el jardín de los monos’, donde me llevaban de niño. Uno de aquellos monos vivía en un perpetuo estado de cabreo. La culpa la tenían algunos niños malos, no como yo, que entonces era buenísimo, que le daban caramelos, no sin haber mezclado entre ellos algunos en los que había sido sustituido por una piedrecita. Cuando desenvolvía con extraordinaria destreza y comprobaba el fiasco, se indignaba mucho. Su venganza era apoderarse coléricamente de las gafas de los señores que se acercaban demasiado y rompérselas. ¿Cómo no van a ser humanos si tienen capacidad de rencor? Los monos son nuestros antepasados vivos. No les falta más que hablar. Como a algunos parlamentarios.

    Manuel Alcántara