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  • UN ARTÍCULO EN LA MEMORIA

    Se necesita un permiso | DIARIO SUR 26 noviembre 1990

    TODO está preparado: las armas, las arengas, los ejércitos y los ataúdes. Sólo falta un trámite y el presidente de los Estados Unidos presiona para que el Consejo de Seguridad de la ONU apruebe esta semana la resolución militar contra Irak. Se trata de un requisito burocrático, pero una guerra moderna debe ser declarada con todas las de la ley y la ley exige que instancias superiores den el visto bueno antes de convocar a todos los males de la guerra. Por eso tiene prisa Bush y espera impaciente la licencia para matar. Si están hechos todos los cálculos –incluso los de los muertos y los heridos-, ¿a que vienen tantas dilataciones? El Pentágono prevé que durante los primeros días de enfrentamiento será necesario hospitalizar a unos 35.000 soldados y ya ha preparado hospitales en Europa. Gran Bretaña, Alemania, Italia, Gracia, han sido las naciones agraciadas. Las instalaciones disponibles en Arabia Saudi se verían desbordadas y no es cosa de que los héroes de guerra estén en la lista de espera.

    Mientras se aguarda ese permiso de la ONU, que es absolutamente necesario para legitimar la catástrofe, en Rusia se sufren las consecuencias de una guerra sin necesidad de haberla declarado. Dentro de unos días comenzarán a alterarse los hábitos alimentarios de la población civil. El cambio de régimen político coincide con el cambio de régimen dietético y los gruesos volúmenes con los discursos de Lenin van a ser reemplazados por pequeños folletos: las cartillas de racionamiento. «Nadie puede ser cambiado, hasta que nos cambie el alma humana», dijo Dostoiewky, pero los cuerpos pueden ser cambiados con mayor facilidad. Basta con racionar la comida.

    A partir del mes que viene, los ciudadanos rusos tendrán derecho a comer menos, pero no sin antes haber hecho cola, con la cartilla de racionamiento en el puño. Por su parte, muchos jóvenes americanos podrán ser hospitalizados gratuitamente en diversos países. La historia del progreso no se detiene jamás.

    Manuel Alcántara