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  • UN ARTÍCULO EN LA MEMORIA

    Recuerdos de esperanzas | Arriba, 28 agosto 1959

    Aunque se sepa, que la materia prima es amor, son inmateriales las esperanzas; casi inmateriales: de viento, de humo, de resplandor. Apenas por un leve brillo o por una sutilísima consistencia, nos damos cuenta que existen. A veces necesitamos el estrépito íntimo que su derrumbe ocasiona para adquirir la certeza de que les dimos hospedaje y en nosotros vivieron, mal que bien, durante unas horas o unos años.

    Las esperanzas, alzadas y frágiles como las copas en los brindis, no suelen hacer mucho ruido en vida. Su misión consiste en ayudarnos a andar, en ocupar nuestro pequeño corazón y aclimatarlo al nivel de altitud de los sueños mejores. Están ahí para eso: para servir de brazo y de camino, para poner la tierra y la pisada.

    Ocurre que la esperanza conforta y apacigua, así como la espera duele y nos produce un estado de preocupación y desasosiego semejante al que nos invade cuando nos obstinamos en recordar un nombre que sabíamos y no acude a la memoria. Por eso, aunque toda esperanza comporte siempre cierta índole de espera, no es lo mismo la espera ilusionada que la pura esperanza. Se diría que la esperanza es felizmente independiente de su cumplimiento. Ajena y mágica, no necesita realizarse, llevarse a cabo. Ella tiene luz peculiar, propia consistencia, aunque apenas sea nada su materia: aire, humo o resplandor.

    Ante un libro o ante el porvenir, ante una mujer o ante un viaje, hay siempre alguien que nos dice: «No hay que hacerse ilusiones.» No existe una advertencia más lamentable. Hay que hacerse ilusiones. Siempre hay que hacerse ilusiones. Existen pecados, como la envidia, que llevan implícitos su penitencia, y existen virtudes, como ésta de las ilusiones porque sí, que acarrean su propia gloria. No hace falta que el azar y la fortuna permitan que se desarrolle el programa: basta con haberlo pensado y mimado por dentro. Las ilusiones son como la lotería: cuando jugamos, al adquirir nuestra participación, compramos la posibilidad, la maravillosa probabilidad de pensar el «¿y si me toca?». Hasta el día del sorteo nos acompaña la esperanza que compramos por unas pocas monedas. Pedir que nos toque la lotería o que las ilusiones se cumplan, puede ser excesivo, desagradecido incluso.

    Con «esperanzas de recuerdos y recuerdos de esperanzas» estaba el poeta. Con memoria. Esperaba que la vida le dejase entre los dedos algo digno de ser rememorado y, mientras, se acordaba del tamaño y la estatura que tuvieron en vida sus pasadas esperanzas. Por la memoria, que siempre acusa, nos salvamos, «Ciega abeja de amargura», ella establece una ronda beligerante, un reiterado ruido. Ella cambia de sitio los cuadros polvorientos con que decoramos nuestras particulares habitaciones íntimas. Ella trae cosas que pasaron a la historia y trae historias que no debieron pasar nunca. Los psiquíatras, que han descubierto, como se sabe, que la normalidad consiste en ser completamente anormal, dicen que una persona corriente olvida muchos hechos y nombres y muchos rostros se borran poco a poco de su memoria visual. Opinan, además, que se trata de una cualidad bienhechora que asegura el equilibrio. Los individuos normales han "llegado a decir los psiquíatras, que presentan un índice de recuerdos y olvidos «armonioso», no son ansiosos nunca. Apoyan mucha parte de su teoría en el comprobado hecho de que los criminales casi siempre tengan recuerdos sorprendentemente precisos del desarrollo de su existencia y de los acontecimientos recientes o antiguos que les afectaron de un modo u otro.

    Bien. Los sabios doctores dicen. Pero «no hay olvido». La memoria es culpable. Se la reconoce importuna, malintencionada. Incluso tiene el agravante de nocturnidad porque como nunca tiene sueño se dedica a contar historias por la noche. Por ella vuelven fechas y nombres, gentes que se fueron y gentes que no debieron venir. Por ella tenemos aniversarios cada pocos minutos y gracias a ella somos lo que somos y pesamos lo que pesan nuestros recuerdos y nuestras «esperanzas de recuerdos».

    Manuel Alcántara